Calle Torrelaguna esquina con calle Sorzano

 

9 enero de 2014

 

El día empezó muy pronto para mí. Hace poco que he cambiado de trabajo y ahora madrugo mucho más. Cuando suena el despertador a las 4:45 en pleno invierno castellano, no tienes precisamente unas ganas locas de salir a la calle. Pero cuando uno va contento a trabajar estas cosas no te cuestan tanto. Me alegro profundamente del cambio. Estoy mejor. Estoy mucho mejor.

 

El despertador le juega una mala pasada a Sergio. Esto hace variar nuestros planes y no podemos evitar ir con cierto retraso. Los dos sabemos que va a ser un día complicado, pero lo sacamos adelante. Cada vez estamos mejor coordinados y yo voy cogiendo más soltura. Tengo la sensación de que, poco a poco, estoy dejando de ser un freno (en el periodo de aprendizaje de cualquier trabajo, uno casi entretiene más que ayuda) y empiezo a sentir que, todavía en pequeña medida, algo aporto. Me reconforta. Tengo muchas ganas de que esto vaya muy bien. Estoy convencido de que va ir muy bien...

 

Llego a casa sobre las 13:00, un poco más tarde de lo previsto, pero qué se le va a hacer... Tengo tiempo de sobra para atender el criadero, echar de comer y beber a los piquituertos y los verderones de cabeza negra. Termino y todavía me da tiempo hacer lo que más me gusta: "mirarlos". Parece una tontería, pero cuando uno tiene demasiados pájaros, se te pasa el tiempo echándoles comida, agua, limpiándolos, etc y no puedes "mirarlos". Este año tengo bastantes menos pájaros y además con el nuevo horario tengo mucho más tiempo para parar un rato y "mirar" qué tal están, conocer el carácter de cada uno y observar detalles que si no los "miras" no eres capaz de apreciar (por lo menos yo). Esos detalles son los que marcan la diferencia en la temporada de cría, sobre todo en especies peculiares como las que yo intento reproducir. Pararme a "mirarlos" me dio la posibilidad de observar que una de las parejas de piquituertos franjeados no estaba del todo bien e intentar poner remedio a tiempo, pero eso ya lo contaré en otro momento...

 

Una comida demasiado copiosa hace que me venza el sueño cuando me siento en el sofá. No puedo evitar cerrar los ojos y dormir un poco en una postura inverosímil. Cuando despierto, mi espalda y mi cuello me recuerdan que no tengo ya edad para contorsionismos. Han sido sólo 45 minutos de siesta en el sofá, pero me levanto bastante peor de lo que me senté.

 

Bueno, vamos al lío... El ritual de siempre: preparo la comida, un poco en el señuelo y el resto al morral para terminar la ceba en el guante. Hoy llevo un ratoncillo y un muslo de codorniz. El chaleco, las tijeras, el emisor, el receptor... creo que lo llevo todo.

- ¡Vamos solana! ¡Vamos bonita!

Sube a mi guante sin problema, con ganas. Sabe lo que toca, sabe que nos vamos al campo y lo está deseando. Le pongo la caperuza sin problemas. En el campo me cuesta más porque sabe que la caperuza significa que se acaba la fiesta hasta el día siguiente, pero en casa es todo lo contrario, la caperuza significa que vamos a ver cielo, pajarillos, viento, nubes...

 

El peso: 251 g. Gordísima. La verdad es que me he relajado mucho con el peso, está 20-25 g por encima de lo que yo considero su peso de vuelo, pero no pasa nada. Hasta ahora siempre viene sin problema cuando le llamo con el señuelo, si bien cada vez se aleja más de mí en sus vuelos. Últimamente los prismáticos se hacen imprescindibles para poder seguirla en sus paseos por nuestros campos de vuelo. Tengo que bajarla de peso, todos los días cuando la recojo de la báscula me lo digo: Luis, bájala un poco el peso. Y todos los días me contesto a mí mismo: ¡pero si está viniendo bien! Eso sí, que no se entere el maestro Juanse que está en 250 g, que cuando estaba en 235 g ya me decía que estaba muy gorda. Bueno, hoy la doy un poquito menos a ver si para mañana ha bajado algún gramillo (lo mismo que me digo todos los días...)

 

Hoy voy solo al campo. Elena tiene trabajo que hacer y aunque no lo mencionamos, los dos sabemos que hace demasiado frío para ella. En el coche, de camino, la espalda y el cuello me dicen que el frío húmedo que hay estos días no les gusta mucho. Yo les digo que es lo que hay, pero que no se preocupen, que hoy no estaremos mucho tiempo en el campo, un vuelo no muy largo y rapidito para casa. Llego al sitio elegido y dejo el coche a un lado del camino. Hay mucho barro y tengo que tener cuidado porque algún día me voy a quedar atascado. Ya he tenido algún susto, pero no ha pasado a mayores.

 

Lo primero es ponerme las botas de agua. Andar por los campos recién arados estos días es bastante complicado y se hacen imprecindibles. Me coloco el cinturón con el morral, el portapicadas, las tijeras y el portacaperuzas. Los prismáticos, el receptor... Tengo emisor nuevo desde hace tres días (me lo han traído los Reyes) porque el viejo falla demasiado a menudo. Me cuesta mucho encenderlo y varias veces me ha sucedido que al ir a apagarlo resulta que se había apagado él solo con lo que a fin de cuentas esas veces he estado volando sin emisor. Demasiado riesgo para un primerizo miedica como yo. Lo enciendo a la primera con el imán y se lo coloco a Solana en su arnés. Pues yo creo que ya está todo.

 

Me la subo al guante y empiezo a alejarme del coche. Mientras me voy adentrando en el campo le quito la lonja y el tornillo. Antes de quitarle la caperuza, le explico que hoy no vamos a estar demasiado tiempo, que hace frío y me duele la espalda y el cuello:

 

- Solana, sal de mi puño batiendo con fuerza, sube rápido haciendo tornos a 40-50 m de altura y espera allí arriba, centrada en mí, a que te llame con el señuelo. Baja haciendo un picado lo más vertical posible y trábalo con fuerza y decisión. Tendrás tu recompensa en forma de suculenta gorga de codorniz y ratón. Nos damos un pequeño paseo por el campo y nos vamos a casa, para que pases la noche calentita en tu banco.

 

Un plan perfecto.

 

Quito la caperuza despacio, me la guardo en el portacaperuzas y subo mi puño a la altura de mi cabeza. Solana mira a su alrededor y al poco sale batiendo con fuerza. Me gusta que salga ella y no tener que lanzarla yo. Hace una tira muy larga, tengo que seguirla con los prismáticos. En un momento se ha alejado más de 200 m, pero veo que torna hacia mí y vuelvo a dejar en el morral el señuelo que ya tenía preparado en la mano. Hace un par de tornos bastante desplazada de mi vertical, enfila hacia un árbol que me queda bastante lejos y se posa en él.

 

- ¡Joder Solana! Eso no es lo que habíamos hablado...

 

Últimamente se está posando demasiado, no tiene muchas ganas de volar. Otro síntoma inequívoco de que está gorda. Normalmente espero sin llamarla a que ella misma se decida a volar. Si la empiezo a llamar y recompensar cuando está posada, pronto interpretará que es eso lo que tiene que hacer. Hay que evitar a toda costa que se le meta eso en su cabecita. Si pasa mucho tiempo y no echa a volar, hago sonar el silbato sin mostrar el señuelo y enseguida salta y se dirige hacia mí, dejo que vuele un rato y cuando considero oportuno vuelvo a silbar, saco el señuelo y baja sin problema. Pero desde hace unos días, cuando está posada y silbo no hace caso. Hasta que no le muestro el señuelo no se decide a volar, otra evidencia de que además de estar gorda, se está volviendo un poco vaga. Todo culpa mía por no controlar correctamente las gorgas.

 

Ahí está ella posada orgullosa en lo más alto del árbol, viendo el tiempo pasar, mirando los pajarillos mientras yo me hielo de frío esperando. De repente salta del árbol y empieza a batir con fuerza en línea recta alejándose de mí. Probablemente habrá visto un cernícalo, cada vez que ve uno se va a por él y se las tienen tiesas. Algún día tendremos un disgusto. Silbo y ni caso. Saco el señuelo y ni caso. Esto no me gusta. La pierdo de vista tras una loma. Mientras voy andando en la dirección en la que se fue, sigo silbando y señoleando, confiando en que abandone lo que quiera que sea que le ha llamado la atención y vuelva con quien le da la comida. Me cruzo con un hombre que va paseando con tranquilidad por el campo que me mira sin mucho interés, ya están acostumbrados a verme por allí.

 

Sigo andando pero no veo a Solana por ningún sitio. Empiezan los nervios. Me tranquilizo un poco al pensar que el emisor funciona perfectamente y tiene pilas completamente nuevas. Pasan los minutos y ni rastro. Saco el receptor y da señal pero bastante débil. ¡Pues hoy va a ser el día en el que estrene la telemetría! Había practicado anteriormente para que llegado este momento no tuviera que empezar por aprender el manejo del equipo, escondiendo Elena el emisor por el campo y yendo yo luego a buscarlo. Siempre lo había encontrado, pero ahora es distinto, tengo que encontrar a un animal que está en movimiento, a punto de hacerse de noche y yo no puedo evitar estar cada vez un poco más nervioso. Vuelvo al coche para coger la linterna y empiezo a andar por el campo embarrado, receptor en mano, con cierta congoja por la proximidad del ocaso del día y la incertidumbre de enfrentarme a lo desconocido.

 

Suena mi teléfono móvil. Es Sergio, y acabo de caer en la cuenta de que no tengo ni idea de para qué me llamaba:

 

- Hola Luis, ¿qué tal?

- Mal, estoy en el campo buscando a Solana. Te llamo luego.

 

Sigo andando. La verdad es que cuando atravieso los campos recién arados se hace bastante duro porque los pies se hunden en el barro y cada vez cuesta más dar un paso. Sigo recibiendo señal, pero muy débil, con mucho ruido y cada vez en una dirección. No hay duda, está bastante lejos y se está moviendo. Decido llamar a Marcelo, un compañero cetrero del pueblo en el que vuelo a ver si me puede echar una mano.

 

- Buenas Marcelo.

- Hola Luis, me han dicho que estás volando arriba, iba a subir a felicitarte el año.

- Pues sí, estoy aquí arriba, pero buscando a Solana, se me ha perdido.

- ¡No jodas! ¿Lo dices en serio?

- Sí Marcelo, hace un rato que no la veo.

- Pues cojo yo mi receptor y a ver si entre los dos damos con ella, porque se te va a hacer de noche enseguida. Dime la fecuencia del emisor.

 

Cuando compré el equipo de telemetría tenía dudas entre 216 MHz o 433 MHz. Uno de los factores que me decantaron por el 433 MHz es que el cetrero que más cerca tengo, Marcelo, tiene un equipo de 433 MHz. Llegado el momento de tener que buscar un pájaro, cuantas más personas puedan ir detrás del "pitido de la esperanza" mejor que mejor.

 

Marcelo empieza a buscar desde una zona distinta de la que estoy yo. Estamos en contacto telefónico y los dos coincidimos en que parece que está bastante lejos. Sigo andando y subiendo a lo más alto de todas las lomas para intentar "limpiar" lo más posible la señal recibida de los molestos rebotes. El sol hace tiempo que nos dijo que mañana será otro día y empiezo a temerme lo peor. Por fin, nos juntamos Marcelo y yo en la parte más alta del término municipal.

 

- Vaya manera de felicitarnos el año Marcelo.

- La verdad es que sí...

- A mí me da señal hacia allí, pero muy débil.

- A mí también, pero está lejos Luis, está lejos. Quédate tú aquí y no pierdas la señal, yo voy a por la furgoneta y te recojo ahora allí abajo.

 

Mientras Marcelo se va a paso ligero, yo voy andando despacio hacia la parte de abajo del otro extremo del pueblo. No pierdo la señal, sigue siendo débil, pero yo creo que ha dejado de moverse. Yo creo que ya está demasiado oscuro para que esté volando. Mientras espero a Marcelo a que venga a recogerme con la furgoneta y con el receptor siempre encendido, llamo a Elena:

 

- ¡Hola!

- Es muy tarde Luis, no me asustes, ¿ha pasado algo?

- Pues que la he perdido Elena, la he perdido. Estamos Marcelo y yo buscándola.

 

Los dos nos quedamos unos instantes en silencio.

 

- Pero... ¿tenéis señal?

- Sí, pero está lejos. Ya llegaré a casa. No te preocupes.

 

Los dos sabemos que eso es bastante difícil.

 

Aparece Marcelo. Me monto en la furgoneta y coincidimos en la dirección en la que nos debemos desplazar. Por suerte Marcelo conoce perfectamente la zona, no obstante ha nacido y vivido allí desde siempre. Empezamos a movernos y no perdemos la señal en ningún momento, pero en un punto le digo que tengo la impresión que hemos dejado atrás la señal.

 

- Yo creo que se ha ido detrás de ese pequeño monte - me dice Marcelo.

- Puede ser, me da señal hacia allí, pero más débil que hace un rato.

 

Debemos seguir un buen tramo porque la carretera es demasiado estrecha y sinuosa para poder dar la vuelta. Por fin, en un camino podemos maniobrar y deshacer nuestros pasos. Durante un rato hemos perdido la señal, pero la recuperamos cuando nos acercamos al monte que decía Marcelo. Nos bajamos y confirmamos que efectivamente, de manera inequívoca nos marca hacia allí. Nos volvemos a montar y mientras nos dirigimos hacia allí hablamos:

 

- Marcelo, a lo mejor tenías cosas que hacer...

- No te preocupes, vamos a ver si la encontramos.

- Muchas gracias por lo que estás haciendo, yo sólo no sé si podría...

 

Cogemos otra pequeña carretera y aprecio con gran alegría que la señal es cada vez más nítida, puedo bajar la ganancia del receptor y seguimos teniendo una señal inmejorable. Decidimos parar. Es completamente de noche. Andamos por la carretera con las linternas haciéndonos ver a los pocos coches que transitan por allí. Llegamos a la entrada a una finca privada y el receptor nos dice que Solana está al otro lado de la valla, pero muy cerca. Es una finca para caza mayor con vigilancia. Marcelo me quita la idea de saltar. Me dice:

 

- Yo conozco al guarda de esta finca, uno de sus hijos fue al colegio conmigo. Hace mucho que no le veo pero sé donde vive, podemos hablar con él a ver si tenemos suerte y puede hablar con su padre y nos deja entrar.

- Pues si a ti no te importa Marcelo, por mí vamos donde haga falta.

 

Volvemos a la furgoneta andando por la carretera y nos dirigimos hacia una urbanización cercana. Paramos en la puerta de un chalet. Buscamos un timbre pero no hay. Marcelo grita un nombre que no recuerdo y abre un poco la puerta. Sale un hombre en pijama.

 

- ¡Hombre Marcelo! ¡Eres tú! ¿Qué haces por aquí? Me pillas ya en pijama...

 

Marcelo le explica la situación. Nos dice que es ahora su hermano el que lleva la vigilancia de la finca. Le llama para preguntarle si nos puede abrir un momento y seguir con el rastreo. Yo no puedo evitar pensar la que se está liando por culpa de Solana, bueno, más bien por mi culpa...

 

- Venga, podéis bajar. Mi hermano os abre.

 

Otra vez a la furgoneta de vuelta a la entrada de la finca. Cuando llegamos vemos que la puerta ya está abierta. Entramos y nos dirigimos hacia un par de chaparros en los que sospechamos está Solana. Hay muchísimo barro y me cuesta bastante andar. Cuando llegamos a los chaparros vemos con sorpresa que la señal ahora es más débil. ¿Pero qué pasa? ¿Cómo es posible?

 

- Se ha movido - dice Marcelo.

- Pero si es noche cerrada, ¿cómo se va a mover?

 

Marcelo me explica como en una ocasión se le perdió uno de sus azores y estuvo siguiéndole de noche. Dos veces estuvo a punto de cogerle pero a menos de 1 metro el pájaro de movió. Consiguió llevarle hacia una zona donde había una alambrera para poder acorrararle allí y pudo apreciar como el azor sorteba perfectamente el obstáculo huyendo de él. Lo recuperó al día siguiente.

 

Nos adentramos en un encinar de la finca. El terreno tiene mucha pendiente y a mí me cuesta seguir el paso a Marcelo. Debemos ir alumbrando con la linterna justo en nuestros pies porque no se ve absolutamente nada. En dos ocasiones clavo la rodilla en el suelo, es bastante difícil andar por ahí a oscuras al ritmo de Marcelo. Por fin llegamos a una gran encina donde el receptor nos dice que está Solana. Alumbramos con las linternas pero no vemos nada.

 

Me gustaría volver a casa con Solana en el puño, pero dentro de mí sé que eso va a ser imposible. De noche no me puede reconocer y para ella somos simplemmente una amenaza de la que tiene que huir. Sólo quiero verla, saber que está bien y recuperarla mañana a primera hora, antes de que pueda ir a ningún sitio. Le he planteado a Marcelo la posibilidad de quedarme a dormir al pie del árbol dónde esté, pero educadamente me dice que no: primero porque no voy a adelantar nada y segundo porque estamos en una finca privada que nos han hecho el favor de abrir. Como siempre, tiene razón.

 

Nos movemos a la encina de al lado, más grande si cabe. Tiene que estar ahí. Algo me dice que está ahí. Apago mi receptor y le pido a Marcelo que apague el suyo. Quiero silencio absoluto para poder escuchar algún leve tintineo de sus cascabeles. Después de unos segundos los escucho, y al poco otra vez.

 

- Está aquí Marcelo, la hemos encontrado.

 

Alumbro con mi linterna el lugar de donde provenía el sonido de los cascabeles y vemos con estupor como Solana sale volando de la encina alejándose rápidamente de nosotros. Puedo distinguir en su espalda el parpadeo del led rojo del emisor perdiéndose en lo más profundo del encinar, al otro lado de una pequeña loma, sorteando los árboles con una pasmosa facilidad.

 

Juro en arameo y en varios idiomas más. La hemos tenido tan cerca y ahora vuelta a empezar.

 

- No podemos hacer nada más Luis, aunque lleguemos a ella la vamos a volver a espantar. Hay que dejarla y venir mañana a primera hora. Más o menos sabemos la zona en la que está. No te preocupes que mañana la cogemos.

 

Yo no puedo dejar de ver una y otra vez la silueta de Solana adentrándose en la oscuridad. Indefensa ante todos los peligros que acechan de noche en el campo. Con la inexperiencia de un pájaro que nunca se ha visto en esa situación y con el buche vacío. Me consuelo pensando que por lo menos está gorda, en ese sentido no tendrá problema para superar la noche, para acto seguido darme cuenta que se encuentra en esa situación precisamente porque está demasiado gorda. En definitiva, se encuentra en esa situación por mi culpa. Ese sentimiento, el de culpa, no me abandona en ningún momento y martillea en mi conciencia una y otra vez.

 

Volvemos a la furgoneta atravesando el encinar para salir al camino principal de entrada de la finca. Mientras andamos entre los grandes árboles, ahora sin el ruido de los receptores ni la tensión de la búsqueda, me percato de la infinidad de sonidos que se producen a nuestro paso. La verdad es que a mí me impresiona bastante.

 

- Marcelo, eso que se oye aletear, ¿son búhos?

- No, son torcaces.

- Aquí tiene que haber muchos búhos Marcelo...

- Pues claro que habrá, pero no te preocupes, sólo va a ser una noche y no es tan fácil que cacen un cernícalo.

 

A cada paso que damos el campo nos demuestra que está lleno de vida. Se oyen continuos aleteos y alguna que otra vez los sonidos son emitidos por cuerpos de mayor envergadura. No es de extrañar que molestáramos el sueño de algún corzo o incluso algún jabalí. A lo mejor era sólo fruto de mi imaginación... El campo de noche impresiona e incluso si no estás acostumbrado, como es mi caso, produce cierta sensación de miedo. Lo que estará pasando Solana - pensaba yo - el miedo que tiene que estar sufriendo aquí, lejos de su banco, rodeada de seres extraños amenazantes, sin entender qué sucede. Y todo por mi culpa...

 

Andando ya por el camino principal de la finca, nos cruzamos con el guarda. Le explicamos que no hemos podido coger al cernícalo y que tenemos que entrar mañana antes de que amanezca para volverlo a intentar. Y es en este punto donde se me cae el mundo a los pies: el guarda nos comenta que por asuntos familiares no nos podrá abrir antes de las 9:30-10 y hasta entonces no podemos pasar. No insisto demasiado por no poner en compromiso a nadie, pero la verdad es que es un gran inconvenienete no poder estar cerca de Solana en el momento en el que amanezca para llamarla con el señuelo y no prolongar más esta aventura.

 

Marcelo vuelve a dar muestra de su generosidad y me dice que, como mañana va a estar trabajando relativamente cerca de esta zona, se lleva su receptor y hasta que podamos entrar él se encarga de rastrear la señal. Me insiste en que yo me vaya a trabajar, puesto que no adelantamos nada con que yo me quede:

 

- Tú vete, y si puedes, vente sobre las 10 y la cogemos. Yo voy mirando la señal de vez en cuando. Si veo que tengo posibilidad la intento coger yo y ya está.

 

Resignado a la evidencia, más por agotamiento que por convencimiento, le doy a Marcelo mi chaleco, mi señuelo y mi silbato para que, llegado el caso, Solana no le extrañe demasiado y se deje recoger sin problemas.

 

- No te preocupes Luis, que no le va a pasar nada. Ya verás como mañana la tienes en casa. Tú vete tranquilo a trabajar que yo te llamo cuando pueda entrar en la finca y te voy contando.

- Muchas gracias Marcelo. Espero que tengas razón y Solana no acabe en el buche de algún búho...

 

Me hago el firme propósito de mañana por la mañana no molestar a Marcelo demasiado y esperar que sea él el que me llame con las "buenas nuevas". No me siento bien dejándolo todo en su mano, aunque sé que no podría dejarlo en mejores manos.

 

Llamo a Elena y le doy un disgusto.

 

Llamo a Sergio:

 

- Dame buenas noticias Luis.

- Pues no te las puedo dar Sergio, Solana duerme hoy en el campo.

- Si necesitas ir por la mañana a buscarla no te preocupes por el trabajo, ya me apaño yo como sea.

 

Le explico la situación y que hasta las 10 no puedo hacer nada, así que decidimos repartir la tarea de tal forma que yo acabe pronto y pueda estar de vuelta a esa hora. Por su parte son todo facilidades, otra prueba de que he ganado con el cambio.

 

Marcelo me lleva de vuelta a mi coche. Recorremos los 6 km que se ha alejado Solana en silencio. Nos despedimos hasta mañana. No hacen falta muchas palabras, los dos sabemos que está todo dicho.

 

Llego a casa. Elena me recibe con un abrazo, en silencio. Me conoce perfectamente y sabe que ahora no me apetece hablar, ya habrá tiempo para contar los detalles. Entro en la "habitación de Solana". Nunco estuvo tan vacía, parece mentira que ese pequeño ser de 250 g pueda llenar tanto una estancia. Cierro la puerta cabizbajo y maldiciendo mi ineptitud...

 

Es muy tarde, ceno algo deprisa y me voy a la cama. Hay pocas horas para dormir y menos esperanzas aún de conciliar el sueño. En la cama repaso una y otra vez toda la jornada anterior, desde el principio hasta el final. Machaconamente me golpea la imagen de Solana adentrándose en el monte en plena noche, espantada por nosotros. Quizás no teníamos que habernos acercado tanto... No puedo evitar pensar en "el gran duque", el búho real, esa criatura maravillosa que tanto me fascina, es hoy mi gran enemigo, seguramente la mayor amenaza que pueda tener Solana. Espero que, al menos esta noche, "el gran duque" se quede con hambre...

 

 

 

10 de enero de 2014

 

 

Suena el despertador a las 4:45. Yo estoy despierto. Cuando salgo a la calle y miro hacia la oscuridad del campo que rodea el pueblo donde vivo, siento de nuevo la congoja de ayer y pienso en la horrible noche que estará pasando Solana, acechada por miles de sonidos desconocidos, helada de frío, potencial presa de multitud de depredadores. Como dice el maestro Juanse: en el campo, un pájaro que no es "del campo" como son los de cetrería, llama muchísimo la atención.

 

- Aguanta un poco más Solana - me sorprendo a mí mismo hablando en voz alta mientras conduzco de manera autómata hacia el primero de mis escasos destinos de hoy.

 

La mañana transcurre de manera extraña. El tiempo pasa despacio a la vez que yo hago todo lo más rápido posible. El trabajo me ayuda a ocupar mis pensamientos en algo más que mi pequeño cernícalo, pero no puedo evitar mirar constantemente el teléfono esperando la llamada de Marcelo o comprobando que efectivamente tengo cobertura. Me hice a mí mismo la firme promesa de no llamarle constantemente, puesto que si hubiera algo que contar él lo haría enseguida. No sin esfuerzo, soy capaz de cumplir mi promesa hasta que, terminado mi trabajo sobre las 10.15, algo más tarde de lo esperado y todavía no se por qué, llamo a Marcelo para preguntarle por dónde anda y decirle que voy para allá:

 

- Marcelo, ya he terminado, en 40 min estoy allí, ¿qué tal?

- Tengo señal, la he tenido durante toda la mañana, pero no ha dejado de moverse en ningún momento. Yo creo que te está buscando y está intentando orientarse porque se ha salido de la finca y parece que está algo más cerca del sitio donde se te perdió.

 

Se me escapa un suspiro al saber que Solana ha superado la noche y aparentemente se encuentra bien. Pienso, quizás de manera inocente, que lo más difícil está hecho y ahora tenemos todo el día por delante para recuperarla.

 

- Un par de veces que me daba señal más cerca - continua Marcelo - he señoleado, pero no la he llegado a ver.

- Te agradezco mucho lo que estás haciendo Marcelo, estoy yendo para allá.

 

Emprendo el camino de vuelta a casa, la verdad con cierta impaciencia, deseando llegar al campo y colaborar yo también en la búsqueda. Pero al poco de salir suena en mi teléfono móvil la inolvidable melodía de "El Hombre y la Tierra". Es Marcelo. Detengo el coche en la calle Torrelaguna esquina con calle Sorzano.

 

- ¿Sí? - apenas acierto a decir.

- Ya puedes respirar, está comiendo en el señuelo, la tengo asegurada.

 

No puedo evitar que la tensión acumulada durante las últimas horas se libere resbalando por mi mejilla en forma de una solitaria lágrima. Y es allí, en la calle Torrelaguna esquina con calle Sorzano, un lugar cualquiera de Madrid que, de repente, se convirtió en especial para mí, donde concluye esta pequeña aventurilla cetrera.

 

Sólo me queda llamar a Juanse y prepararme a "recibir palos":

 

- ¡Hombre Luis! - con la efusividad que le caracteriza - ¿Qué tal estás? ¿Cómo va todo?

- Ahora bien Juanse, ahora bien...

 

 

 

Sé que él no es amigo de estas cosas, pero quiero dejar por escrito mi enorme gratitud hacia Marcelo. Fue él quién recuperó a Solana y estoy seguro que sin su ayuda me habría resultado muy muy difícil conseguirlo. Él es el gran protagonista de esta historia, gracias a su solidaridad, generosidad y buen hacer, la escapada de mi cernícalo acabó felizmente. De nuevo, muchas gracias Marcelo.

 

También tengo que dar las gracias a Sergio, por su comprensión, su disposición y por facilitarme tanto las cosas.

 

A Elena por aguantarme y estar ahí, ese día y siempre.

 

A Juanse y Lidia por compartir conmigo sus conocimientos y enseñarme a "pensar de mí".